Érase una vez un conjunto de letras que paseaban por una senda entre dos bosques de sentimientos que compartían el mismo aire, la misma tierra, la misma luz y la misma felicidad; cuando de pronto una letra se separó del grupo e irrumpió en el bosque más perfumado y se encontró con el árbol de la ira y este yacía seco y descascarado, luego pasó por el árbol del odio que se apoyaba para no caerse, sobre un árbol fuerte y fresco, era el árbol del amor, quien compasivamente lo contenía. La letra, de piernas temblorosas y rostro desencajado, retrocedía sin saber lo que sentía, cuando de pronto giró y corrió como la cresta de una ola, hasta tropezar en el camino y rodar hasta el otro bosque donde solo había hojas secas y unas bellas flores que no superaban la altura de sus rodillas y de repente llegaron las otras letras; primero la "m", luego la "i", la "e", la "p", la "r", la "j", la "u", la "n", la "t", la "a", al último la hermana gemela de la "e" y de la "s", a quienes les contó lo que vio, entonces estas le dijeron: ‟Unámonos y llevemos todas estas bellas flores al otro bosque para salvarlo” y en medio del llanto y la duda la "s" cedió. Trabajaron ‟siempre juntas” logrando traspasar y sembrar todas las bellas flores al otro bosque en un día y se fueron felices.
Al cabo de un mes volvieron por el mismo camino y entraron al campo de flores, donde ya solo había polvo, pétalos secos y una última flor que caía muerta. Fueron al otro bosque y olía a podrido, no había flores, el árbol del amor soplaba suave sobre el suelo y el árbol del odio se reía y decía: ‟Ustedes arrancaron amor joven del otro bosque y el resto murió de pena, trajeron ese amor aquí y yo me aproveché de su vida y me alimenté de su juventud, me hice suficientemente fuerte para debilitar al árbol que me sostenía, lo derroté y ahora me besa los pies”. Y las letras se sintieron culpables, impotentes y molestas, peleándose entre sí por el error y separándose para siempre.
Esto nos enseña que el amor crece con el tiempo y la paciencia en el lugar adecuado y en el momento adecuado y que no nace ni crece si se fuerza o supedita a una promesa o compromiso, simplemente se siembra en libertad, crece a voluntad y se desarrolla sin saber qué tamaño alcanzará, de lo contrario morirá o sólo será un proyecto que en palabra quedará.
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